Una de las decisiones más importantes para cualquier negocio ocurre antes de comenzar un proyecto tecnológico.
No es elegir quién cobra menos.
Tampoco necesariamente elegir quién promete más.
Es entender exactamente qué se está contratando.
Una propuesta profesional debería poder responder preguntas sencillas:
¿Qué problema resolverá?
¿Quién utilizará la solución?
¿Qué incluye el proyecto?
¿Qué no incluye?
¿Cómo se mantendrá?
¿Qué sucederá después de entregarlo?
Estas preguntas no representan desconfianza.
Representan responsabilidad.
También existe una responsabilidad del lado de quienes desarrollamos tecnología: explicar correctamente nuestro trabajo.
No utilizar términos técnicos para impresionar.
No prometer resultados imposibles.
No hacer creer que todo es sencillo.
Y tampoco cobrar por cosas que el cliente realmente no necesita.
La tecnología debe comenzar con una conversación.
Después viene el análisis.
Después el diseño.
Y solamente entonces debería comenzar el desarrollo.
“Primero entiende el problema. Después decide la tecnología.”



